En estos momentos se realiza en Brasil la conferencia de la ILGA Latina, la Asociación Internacional de gays, lesbianas, bisexuales, personas trans e intersex. Se reúnen más de 400 representantes de organizaciones de la diversidad sexual y de género de América Latina y el Caribe para tomar acuerdos, reflexionar y compartir sobre las situaciones de homosexuales, lesbianas, transexuales y otras identidades no hegemónicas.

Desde la exigencia de derechos de humanos y de humanas que pertenecen a la diversidad sexual existe la opción de realizar una praxis desde la organización social; asociarse, crear movimiento, pertenecer a una orgánica que requiere compromisos, diálogo, acuerdos; que pretende democracia aun cuando los procesos democráticos sean más lentos al tratar de incluir visiones y opciones diversas, pero que permiten legitimidad.

Por supuesto que las organizaciones de la diversidad sexual no representan a toda la diversidad sexual. Sabemos también que algunos/as líderes muchas veces se arrogan ciertas representaciones desde lo individual, y lo que sucede es que suelen alejarse de la realidad a la que dicen representar.

Ahora, sobre “representaciones”, dice Rosi Braidotti en su libro “Transposiciones” que “el poder de imponer a las personas representaciones de sí mismas o de otros en su nombre es intrínsecamente opresor”. Son entonces necesarios algunos cuestionamientos: ¿queremos que otros nos representen?, ¿qué tipo de representación queremos?, ¿cuál es el sentido de una representación desde la diversidad sexual y de género?

Creo que desde las organizaciones de la diversidad sexual, el lugar ético que nos permite cierta coherencia respecto de la posible representación que hacemos es el trabajo comunitario que desarrollamos, es la consejería entre pares, es la reunión del equipo de trabajo que prepara un afiche, una marcha, una cartilla de prevención de transmisión de VIH, es el preuniversitario donde profesores/as y alumnos construyen procesos reparatorios de violencias homofóbicas, aquellos/as que mantienen casi silenciosamente los soportes tecnológicos de la organización, los/as que hacen investigación y los/as que protestan en la calle.

Por esto queremos reivindicar el trabajo comunitario, la praxis cotidiana de construir disidencias. Desde ahí el trabajo político a distintos niveles tiene sentido y razón de ser.

Leyendo un libro argentino sobre gráfica política de izquierdas, hallé una bella descripción sobre lo que se asoció a la idea izquierda en los inicios del siglo XX: “La defensa de los principios, la lucha por los derechos, el ejercicio de la crítica sorbe los intereses particulares, los privilegios, los convencionalismos y los prejuicios”.

¿Quién nos representa? En el contexto político chileno, frente a un gobierno electo que ya habla de olvidar los juicios a quienes cometieron actos de violación de los derechos humanos, nos instalamos en una oposición activa y clara, representando a quienes quieran sumarse en un trabajo que pretende igualdad de derechos y respeto por las diferencias, construir una sociedad en la cual las diversas ciudadanías se representen a sí mismas.

* Por Angelicx Valderrama, presidenta de MUMS / La Nación