Acabo de terminar de leer un libro llamado «Devenir perra» de una joven española que mezcla su biografía personal, sus reflexiones desde un feminismo disidente con historias de chicas que conforman una manada de «perras». Hay un párrafo en el que señala que su comunidad son aquellos marginados de los propios lugares diversos, las mujeres que nacieron en cuerpos de hombre, los chicos que se posan sobre tacos interminables, todas aquellas que se sienten cómodamente insertas en una femenidad al máximo, aquellos desbordados/as del género que no aguantan mucha clasificación.

Un compañero de activismo me decía que usará una polera que diga «no soy hombre» para la marcha de la diversidad sexual en septiembre. Seguramente él, que es un chico bastante masculino, que pasaría inadvertido respecto de su opción sexual o género, busca exponer su disconformidad con la categoría hombre, con aquella masculinidad de la que no ha formado parte y de la que es tan doloroso disentir, diríamos que es un suelto incluso respecto de cierta masculinidad gay predominante, bien mirada incluso.

Pensando en él y en el libro que acabo de leer, recordé el origen más formal de nuestros movimientos por la diversidad sexual. En tierras lejanas cuando un día los y las raros, hostigados y reprimidos constantemente por la policía deciden enfrentarla, un bar, Stonewall, un hito que recordamos cada 28 de junio. No eran precisamente los homosexuales y las lesbianas bien comportadas quienes iniciaron la revuelta, sino aquellos que molestaban con su apariencia, con sus movimientos, con sus estridencias. Aquellos que no pasaban inadvertidos, los evidentes.

Hoy podemos dar cuenta de muchas disidencias. En Alemania la gran teórica del género Judith Butler rechaza un reconocimiento que le entregarían los organizadores de la marcha, lo consideró un lugar comercial, no de resistencia.

Y en nuestra propia aldea el gobierno de Chile ha entregado un primer informe a la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos por el caso de la jueza Karen Atala. Una jueza lesbiana a la que le fue quitada la tuición de sus hijas por manifestar que era lesbiana y vivir con su pareja. Aquí el Estado de Chile ha quedado en evidencia como un Estado maltratador que no sabe convivir con la diferencia, con aquellas personas que han conformado familias diversas, una resistencia en medio de tanta propaganda a la familia tradicional, que sabemos no existe.

Desde nuestras luchas resistimos cuando nos tratan de imponer un tipo de pareja, heterosexual y reproductiva, cuando nos tratan de imponer pactos de convivencia desde una derecha que nos usa en campañas políticas, cuando nos quieren hacer creer que no somos familia, cuando nos quieren imponer terapias de reconversión para que se nos cure la sexualidad exuberante que nos desborda. Eso es lo que molesta: que desborde, que enorgullezca, que no se esconda.

Hay tanto que resistir, y lo hacemos con orgullo.

(*) Título hace referencia a la letra de una canción de Liliana Felipe

* Por Angelicx Valderrama, presidenta de MUMS / La Nación